Una cosa es que se pare, y otra muy distinta es aguantar. Esto es entre vos y yo: no llega nada a tu casa y nadie se entera.
Cuánto aguantás, y qué tan fuerte prende. Es el mismo con el que cortás el meo a la mitad.
Cuando está flojo, la sangre que llega abajo se escapa, y no tenés con qué frenar cuando se viene. Con la panza, las horas sentado y los años, se te quedó dormido. Es un músculo: se entrena.
Lo que a ella le pasa y nadie te explicó. No es solo cuánto durás: es lo que hacés antes de arrancar.
Un mensaje en el día que la haga sentir deseada, no un «¿esta noche?» como si fuera un trámite. A la noche ella llega con la cabeza prendida, y eso es la mitad del trabajo.
El cuerpo de ella tarda más que el tuyo en prenderse. Los primeros quince, veinte minutos son de ella: besos, el cuello, la espalda, sin apuro. El que va derecho al punto se pierde lo mejor.
Más lento y más suave de lo que creés. Cuando algo le gusta se nota: cambia la respiración, se acerca. Ahí no cambiés nada, seguí haciendo eso mismo.
Celular afuera, luz baja. Mirala y decile en voz baja lo que te gusta de ella. A una mujer la prende sentirse mirada, no solo tocada.
La regla del Puma. Si ella termina antes de que arranques vos, te sacaste toda la presión de encima: cuánto durás deja de ser el tema.
«¿Así?». Nada de charla. Esa sola palabra le dice que le estás prestando atención, y a ella eso la vuelve loca.
Cinco minutos abrazados, sin el celular. Esto es lo que hace que al otro día te mire distinto y te vuelva a buscar.
Cinco minutos por día, 28 días. En dos semanas lo notás vos. A las cuatro, lo nota ella.
Cómo frenar cuando sentís que se viene, y seguir.
El día que sabés que hay. Para llegar firme y quedarte firme hasta el final.
Carne o huevos al mediodía, un puñado de nueces a la tarde, y remolacha, sandía o palta si hay. Ayudan a que la sangre circule. Y agua todo el día.
Dos horas antes, como mínimo. Con una panzada, la sangre se va toda al estómago y abajo no llega nada.
Una birra o una copa de vino, sí. La tercera, no: el alcohol te baja la firmeza. Nada de energizantes, y si fumás, esa noche no.
Para mandar la sangre abajo. En el baño, en la pieza, donde sea.
No entres en pánico: es la sangre que se te fue a la cabeza por los nervios. Volvé a ella, respirá lento y apretá el músculo. Vuelve. La presión es el enemigo, no el cuerpo.
Cómo ir por la segunda la misma noche, sin esperar a mañana.
El cuerpo necesita un rato para volver. A los veinte era un ratito; a los cuarenta y pico es más largo. No es una falla: es la recarga.
Quedate cerca, abrazala. Si te dormís, se terminó la noche. Un vaso grande de agua y de vuelta a la cama.
Mientras tu cuerpo vuelve, las manos y los besos son para ella. Ella sigue prendida, y vos también, sin darte cuenta.
Unas contracciones lentas, como las del entrenamiento, mandan sangre abajo y aceleran la vuelta. Para esto también lo entrenaste.
Casi siempre la segunda dura bastante más que la primera. Es tu mejor carta: jugala.
Para cuando hace meses que no pasa nada y ya no sabés ni cómo arrancar.
No la hagas un evento. Tres o cuatro días antes, tocala sin intención: un abrazo en la cocina, la mano en la espalda al pasar. Que el contacto vuelva a ser normal.
Sacala de la casa. Una cena, una vuelta, lo que sea. Afuera los dos se acuerdan de por qué están juntos.
La primera no tiene que terminar en nada. Si la encarás como un examen, la perdés. Si la encarás como un rato con ella, lo demás viene solo.
Lento, y ella primero. Todo lo que aprendiste acá, a la mitad de velocidad. Esa noche no se trata de cuánto durás: se trata de que ella vuelva a querer.